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19 septiembre 2009

Concierto de Nacho Mastretta Big Band en la Puerta del Sol de Madrid


Noche en blanco 2009

Hotel Kafka, Ámbito Cultural y Empireo te invitan al concierto de la Big Band de Nacho Mastretta que este sábado actuará, en la Puerta del Sol, a partir de las 22:00.

Sobre un autobús descapotable de dos plantas como escenario la Banda de Nacho Mastretta interpretará temas de su último trabajo “Vivan los Músicos”.

Fecha: Sábado, 19 de septiembre, a partir de las 22.00
Lugar: Puerta del Sol.
Junto al edificio de música y ocio del Corte Inglés
Metro y Cercanías: Sol



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29 octubre 2008

"Libro de ciencias", una antología que reconcilia a las ciencias y las letras

Gaceta.es 28/10/2008

Melville, Verne, De Quincey, Swift, Allan Poe o Kafka, son algunos d elos autores que han transgredido las fronteras de la literatura.

Kafka trascendió los límites de la literatura con su "Informe para la academia".
Madrid. ¿Ciencias o Letras? Ese dilema al que todo estudiante se enfrenta irremediablemente en su vida salta ahora en mil pedazos con una antología de ficciones científicas, de Edgar Allan Poe a Julio Verne o Leopoldo Lugones, que aúna ciencia, literatura y arte.

Kafka

"El lenguaje científico y literario están tan alejados, hace tanto tiempo que no se tocan, que cuando uno de ellos plantea una pregunta, ya no acepta una respuesta, por muy exacta que sea, si no se da en su propio idiolecto", mantiene Eduardo Vilas, responsable de la recopilación de textos y pinturas del "Libro de Ciencias".

Editado por 451 Editores, "Libro de Ciencias" puede "producir rechazo a los que vienen de Letras, a no ser que tengan la paciencia de abrirlo; incluso de lejos, con la portada de (La noche estrellada, de Vincent Van Gogh), pudiese parecer casi un libro de arte", subraya a Efe Vilas, encantado de jugar con el equívoco.

"Ahí está también -continúa- el encanto del libro", según este periodista apasionado por la divulgación científica y que desde hace tres años dirige "Hotel Kafka" en Madrid, un espacio en el que se presenta hoy la obra y que va "más allá" de las fórmulas taller, escuela o club literario. "Es todo eso y más", asegura.

Con esta antología de ficciones sobre temas científicos, que "no podía ser otra cosa que una antología de excepciones", Vilas (San Sebastián, 1971) pretende dejar patente que la literatura en múltiples ocasiones descubre hechos que las ciencias han confirmado con posterioridad.

Y como ejemplo pone el "De rerum natura" escrito por Lucrecio en el siglo I antes de Cristo, un escrito poético en el que este romano recoge el atomismo griego y en el que puede intuirse la base de la teoría de la selección natural y el origen de las especies que más tarde recuperaría Charles Darwin.

"¿Cree alguien que si 'El origen de las especies' hubiese sido escrito en versos hexamétricos hubiera tenido la misma repercusión?", se pregunta Vilas, en la introducción de "Libro de Ciencias".

Pero aunque las Ciencias y las Letras "parezcan condenadas a hablar idiomas distintos", Vilas insiste en que "ambas descansan en la naturaleza metafórica del lenguaje".

Y es que, según asegura en el "Libro de Ciencias", la física, la química o la biología no están tan alejadas de las humanidades pese a las dificultades de las jergas y a una educación que las separa.

Dividida en tres capítulos (Ciencias formales, naturales y sociales), esta obra recopila textos de Lewis Carroll ("Los dos relojes") para la lógica, Leopoldo Lugones ("El descubrimiento de la circunferencia") para las matemáticas y Emanuel Swedenborg ("Sobre la existencia de tres cielos") para la astronomía.

Para la biología recurre a Herman Melville ("Cabezas de ballenas"), mientras que para la física y la química los elegidos son Julio Verne y H. P. Lovecraft, con "La vuelta al mundo en 80 días" y "El alquimista", respectivamente.

La geología corre a cargo de Thomas De Quincey ("El sistema de los cielos"), la geografía física de Heinrich von Kleist ("El terremoto de Chile"), la antropología de Esteban Echeverría ("El matadero") y la demografía de Jonathan Swift ("Una modesta proposición").

Vilas confía la economía a Edgar Allan Poe ("Un hombre de negocios"), la historia a Marcel Schwob ("Paolo Uccello, pintor"), la psicología a Léon Bloy ("El buen gendarme") y la sociología a Franz Kafka ("Informe para la academia").

Por último, la geografía humana recae en Bruno Schulz ("La república de los sueños") y las ciencias políticas en Leopoldo Alas Clarín ("La yernocracia").

En cuanto a la selección pictórica figuran obras de Francis Bacon, Bernardo Bellotto, Camille Bombois, Edward Thompson Davis, Henry Fuseli, Vincent van Gogh, Alexander Ivanov, Wassily Kandinsky, Ernst Ludwig Kirchner, Isaac Ilych Levitan, Antonello da Messina, Francis Picabia, George John Pinwell y William Turner.

Cuatro meses le ha llevado a Vilas confeccionar esta antología con la que dice haber "disfrutado", ya que para él es "algo parecido a lo que hacíamos cuando éramos jóvenes y grabábamos casetes a las novias, que incluías las mejores, las más bonitas". (Efe)

19 octubre 2008

Eduardo Vilas reivindica la unión de ciencias y letras en su última antología de relatos

Tras la publicación de 'Artículos de Larra', la editorial 451 saca a la luz 'Libro de ciencias'

19/10/2008 - El Mundo

SOFÍA SANCHO CASTÁN
Eduardo Vilas es el encargado de la edición de 'Libro de Ciencias', una antología de relatos muy diferente a las anteriores del autor. Si en 'El amor no es un cuento' Vilas hablaba del sentimiento humano, en el caso de 'Libro de Ciencias' la reunión de estos relatos tiene otro objetivo: la fusión de las ciencias y las letras a través de una selección de textos narrativos.

El autor vasco compagina la publicación de relatos y novela - es el caso de 'Lo malo del talento' (Opera Prima, 1997)- con su cargo como director en la escuela-taller de literatura Hotel Kafka en Madrid, además de su colaboración en medios como crítico o su faceta de editor para Novalibros.



La editorial madrileña 451 saca a la luz esta colección de relatos de Eduardo Vilas tras la publicación de 'Artículos de Larra' a principios de este mismo año en el que escritores como Angela Vallvey, Pedro Ugarte o Espido Freire reinterpretaban en clave contemporánea textos del escritor romántico.

'Libro de Ciencias' intenta aúnar las ciencias y las letras en el único aspecto en el que coinciden: la naturaleza metafórica del lenguaje. Aunque jergas distintas y educación separen física, humanidades, arte o química, ninguna de estas disciplinas se separan tanto de la ficción o la poesía cuando intentan explicar los fenómenos naturales.

Los relatos de Lewis Carroll, Leopoldo Alas Clarín, Edgar Allan Poe o Julio Verne, entre otros, unidos a una disciplina científica —clasificadas en ciencias formales, naturales y sociales— transportan al lector hacia un universo ficticio que intenta explicar la propia naturaleza.

Además, cada relato va asociado a una ilustración que da verosimilitud a lo descrito y que, ya de paso, aproxima el arte a la ciencia a la par que los recursos literarios.

Así, obras pictóricas populares como 'La noche estrellada' de Van Gogh o 'La parada del amor' de Francis Picabia, separadas entre sí por las corrientes vanguardistas, se únen en este libro para destilar un espíritu científico unido a la temática del relato.

Por ejemplo, en 'Círculos en un círculo', de Kandinsky, se retrata la ciencia matemática en unión con el texto 'El descubrimiento de la circunferencia' de Leopoldo Lugones, en el que se cuenta la historia de Clinio Malabar, un esquizofrénico encerrado en una clínica que descubre en la circunferencia su razón de existir puesto que "la circunferencia es la razón misma del ser". Física y metáfora unidas en una solución un tanto idealista a ojos del lector.

Entre la abstracción y la excepción
"De la enorme separación que han padecido los lenguajes y procedimientos de las ciencias y las letras, si queda una sola imagen inamovible, tal vez sea la del espíritu de los hombres que han sabido mantener ese ánimo que les concede una enorme capacidad de abstracción sobre el mundo para nombrar al mundo", afirma el autor en la introducción del libro.

Es a esta capacidad humana de abstracción a la que Vilas apela para justificar la reunión de estos extractos narrativos, cortados en su mayoría "para ofrecer una lectura amena e intensa, en absoluto académica", pero que necesita en ocasiones un toque divulgativo para el lector no científico.

Por otro lado, "una antología de ficciones sobre temas científicos no podría ser otra cosa que una antología de excepciones", explica Vilas en las páginas de 'Libro de Ciencias'. De excepciones que confirman la regla general, aunque las ciencias no admitan excepción alguna.


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'Libro de Ciencias'. Editorial 451. 261 páginas. 22,5 euros.

20 septiembre 2008

Muñoz Molina impartirá clase en el Master en Escritura Creativa 2008/2009

Al igual que hiciera en el pasado curso, el escritor, novelista y académico de la lengua Antonio Muñoz Molina abrirá el curso académico de Hotel Kafka.

El acto contará con la presencia de los alumnos del Master y diversos invitados al evento. En palabras de Eduardo Vilas, estaremos ante «un novelista excepcional y una persona humana y generosa, amante del jazz y dispuesta en todo momento a ayudar al prójimo». Una clase magistral de auténtico lujo «porque al autor de El invierno en Lisboa y El jinete polaco -dijo- se le ve poco, a pesar de ser una persona pública».

Antonio Muñoz Molina

31 agosto 2008

Marta Rivera de la Cruz nueva profesora de Hotel Kafka



Marta Rivera de la Cruz, finalista del premio Planeta 2006 (En tiempo de silencio, 2006) y ganadora del premio Anaya (La primera tarde después de Navidad, 2008) se incorpara al claustro de Hotel Kafka en el Master en Escritura Creativa como profesora de lectura junto a Rafael Reig, Eloy Tizón, Juan Madrid, Jordi Doce...

02 agosto 2008

Adiós a Leopoldo Alas

Ayer recibíamos una pésima noticia, la de la muerte de Leopoldo Alas. Escritor y ante todo amigo. Se va con sólo 46 años una persona entrañable.



Se han hecho eco de la nota de EFE numerosos medios.

Son menos los artículos más personales. En este momento encontramos tres que quizá componen mejor el afecto que despertaba y su trayectoria:

En El País: Vicente Molina Foix

En El Confidencial: Incitatus

En ABC: Laura Campmany

Por su parte, Terra muestra el adiós de sus amigos: Despedida a Leopoldo Alas

05 junio 2008

Diez dólares para Poe

Eduardo Vilas

Estimado señor,

Le escribo sencillamente para informarle de que me encuentro bien, pues hasta el momento no he hecho nada.
Mi amigo Thomas, con quien yo contaba, está enfermo.
Mientras tanto, haré todo lo que pueda.
Todavía no he visto al presidente.
Mis gastos han superado mis previsiones, por más que haya economizado en todos los aspectos, y esta espera me resulta sumamente molesta. De todos modos, todo va bien.
He conseguido suscripciones de todos los departamentos, incluido el del presidente. Tengo la impresión de que estoy causando sensación y de que la revista se beneficiará de ello.
Está previsto que pronuncie una conferencia pasado mañana.
Rob Tayler tiene que entregarme un texto, así como Upshur. Mándeme diez dólares a vuelta de correo.
Me molesta pedirle dinero de este modo, pero a cambio obtendrá usted el doble a título de beneficios.

Suyo,

Edgar A. Poe





Cualquiera que desconozca el contexto de esta carta y que haya pagado diez dólares, diez libras, diez pesetas, diez francos o diez dracmas por cualquiera de los cuentos, los poemas, la novela o los ensayos de Edgar Allan Poe, podría considerarse el destinatario, y la mayoría, en un altísimo porcentaje –no completado al cien por cien únicamente por la necesidad de las excepciones–, confirmarán que los beneficios obtenidos por su lectura han doblado, cuando menos, a cualquiera de los pequeños placeres que alguien pueda conseguir por diez dólares.

Claro que la crítica, al menos hasta el momento, no ha dedicado nunca ninguno de sus estudios serios a cuantificar las horas de placer o de felicidad que se desprenden de la lectura de un libro. El placer y la felicidad que se desprenden de un libro, como la mayoría de las cosas, podría medirse en dos magnitudes: su duración en el tiempo y su intensidad. De las 1.037 horas que se necesitan para leer las obras completas de Marcel Proust, ¿cuántas horas de placer y de auténtica felicidad percibe el lector? ¿El diez por ciento? ¿El veinte por ciento? ¿El ochenta por ciento? ¿Ninguna? Es más, ¿cuán intensa es esa sensación?, entendiendo por intensidad la incapacidad de desconcentración en una escala del cero al diez, siendo cero la distracción por el vuelo de una mosca y siendo diez la ceguera del mundo provocada por la lectura.

No es posible ni sería justo situar a Edgar Allan Poe fuera de ese reducido grupo de autores que tan altas y tan intensas horas de felicidad han donado a sus lectores. La prueba más vehemente se encuentra en Francia, como sabe todo el mundo. Charles Baudelaire tradujo cinco volúmenes de su obra, y Víctor Hugo lo leía con auténtico placer, con las luces apagadas y las velas encendidas cuando deseaba impresionar a alguna de sus amantes. Lautréamont lo recitaba de memoria. Verlaine se lo leía a Rimbaud, y Paul Valéry lo descubrió de la mano de Mallarmé. Hasta Proust lo admiraba.

Muchos sospechan que, sin Poe, Maupassant no habría sido posible; claro que esto sólo significa que son muchos los autores cuyas mejores obras parecen cuentos de Edgar Allan Poe. Sin duda, los «Cuentos crueles» de Villiers de L’Isle-Adam pertenecen al espíritu neurótico de Poe, al igual que su «Tribulat Bonhomet», sin que esto desprestigie en ningún caso al autor, ni anule la calidad de estas obras. ¿Vamos a dejar de disfrutar con «El horla» de Maupassant sólo porque parezca un cuento de Poe?

De las pocas cosas que sabemos de la felicidad, está la certeza compartida de que es algo que se cuenta una y otra vez sin ningún reparo, sin miedo a que lo tomen a uno por bobo, por neurótico, o por reiterativo, pues de la misma manera en la que mostramos las fotos de los días y los momentos en los que disfrutamos de esas benéficas alteraciones, relatamos una y otra vez las cosas que nos han conmovido y sobresaltado. Y aunque esto no ocurre sólo en Francia, hay una única cualidad que comparten todos estos autores franceses, y que no es otra que su afición por los pequeños y los inmensos placeres de este mundo. Especialmente por aquellos que provocan ceguera del mundo que, como es bien sabido, no es más que otra forma de percepción.

Los poetas y narradores victorianos, siempre dispuestos a caer en cualquier tentación, no tardaron mucho en descubrir, ni en aplicarse, el genio de Poe. La obra del poeta de Boston se difunde por Europa con cualidades de ósmosis. Aunque los británicos contaban ya con Mary Shelley y con Charles Dickens entre sus lecturas, basta pensar en El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde o en El retrato de Dorian Grey por no hablar de «Los tres mentirosos» de Arthur Manchen o de la «Historia del difunto señor Elvesham» de H. G. Wells, por poner sólo unos pocos y conocidísimos ejemplos, para ver que la influencia de Edgar Allan Poe estaba ya más extendida entre las nuevas generaciones que la de los grandes narradores del reino. El escocés Sir Arthur Conan Doyle, que no tenía ninguna duda a este respecto, lo veía de este modo:

Si cada autor de una historia en algo deudora de Poe pagase una décima parte de los honorarios que recibe por ella para un monumento al maestro, se podría hacer una pirámide tan alta como la de Keops.

La excepcional influencia de la obra de Poe no pasa desapercibida y atraviesa las fronteras que hasta a Napoleón le fueron cerradas. En Rusia fue admirado por Dostoievski, que incluyó una referencia al poema El cuervo en su novela Los hermanos Karamazov. Incluso se ha llegado a escribir que Raskolnikov no es sino el desa-rrollo genial de Montresor, el protagonista del cuento de Poe «El barril de amontillado». Nikolái Gógol, cuando hablaba de Poe, lo llamaba su hermano americano. Incluso Nabokov, que gustaba de perseguir mariposas, lo admiraba profundamente.

En España dicen que influyó intensamente en Pío Baroja y en Blasco Ibáñez, pero, sin duda, el lector dispone de memoria propia, y casi todos estarán de acuerdo en que la mayoría de los mejores cuentos escritos en castellano durante el último siglo y medio son, en mayor o menor medida, grandes deudores de la obra de Edgar Allan Poe.

Si alguien decidiese demostrar la gran influencia de Poe en nuestros días le bastaría con una página web muy bien publicitada y dos preguntas: se trataría de conseguir que cualquier persona que lea un cuento o unas páginas de nuestro autor apuntase en esta web desde qué país lee y los minutos de lectura que le ha dedicado. De llevarse a cabo este experimento, no tardaríamos en demostrar que a todas horas y en todo el mundo se lee ininterrumpidamente a Edgar Allan Poe. Esa es su influencia y ese su dominio.

Tanto es así que basta con la propia memoria para recordar algunos de los muchos casos en los que la influencia de Edgar Allan Poe ha excedido el campo de las letras. Gustave Doré y Édouard Manet ilustraron sus cuentos y sus poemas. Ravel aceptó su influencia y la cantó a los cuatro vientos. Rachmaninov escribió una coral con el poema «Las campanas» y el tímido Debussy compuso un drama lírico sobre «La caída de la casa Usher». «Just like Tom Thumb’s blues», de Bob Dylan, está basada en «Los crímenes de la calle Morgue» y los Beatles incluyeron a Poe en la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. A quienes son amantes de la justicia no podríamos defraudarles dejando de incluir en esta escueta lista al menos a un par de bandas de heavy o de rock progresivo de las muchas que llevan el nombre de algún cuento o algún poema de nuestro autor. «Just Like Heaven», de The Cure, está inspirada en «Annabel Lee», y en 1981 Iron Maiden grabó una canción titulada «Murders in the Rue Morgue». En el cine hay tantas influencias y alusiones a Edgar Allan Poe que tendríamos que hacer un abanico desde Roger Corman hasta Tim Burton para que cupieran unas pocas. Al menos, todas las de Matt Groening en Los Simpson.

Por muy sencillo que nos resulte asegurar la honda y enorme influencia que la obra de Edgar Allan Poe ha tenido en las artes en general y en la literatura en particular, esto no desvela el misterio de su autoridad. Es más, el misterio se agrava cuando se tiene en cuenta que se trata de un autor que evitó el diálogo en sus textos siempre que le fue posible, que prescindió del tú –de ese tú que, como dice Cortázar, es la primera puerta al mundo, a los otros, y no de ese otro tú romántico, evocador, tan propio de Poe, que nombra la ausencia, el tú vacío–. ¿Cómo es posible tanta audiencia sin elegir más forma de diálogo que la que el monólogo interior permite? ¿Cómo puede una obra que no ha apelado jamás al otro haber conmovido a tanta gente?

Sin duda son muchos los autores y los críticos que han intentado resolver este misterio pero, como todos los que han leído a Poe saben, las personas obsesionadas con los misterios son las menos indicadas para resolverlos.

No son pocos los que al investigar este enigma han comenzado por el estudio de la neurosis. La razón no es otra que el hecho de que tanto los personajes como su autor comparten esta desdicha, que es, por tanto, característica de los unos y del otro. Por lo general, los personajes de las obras de Poe son conscientes del problema, pero nunca de la causa. La causa siempre permanece fuera del discurso. Como la realidad en la neurosis.

En La filosofía de la composición uno de sus textos más conocidos, Edgar Allan Poe expone su convicción de que una obra literaria ha de ser escrita únicamente después de que el autor haya decidido, decisión que ha de tomar en primer lugar, cuál ha de ser su desenlace:
No puedo dejar de pensar –escribe Poe– que, en general, los novelistas podrían recibir una que otra vez su merecido si se inspiraran en los chinos, quienes a pesar de construir sus casas de arriba hacia abajo tienen suficiente sensatez como para empezar sus libros por el final.

En segundo lugar, el autor debe saber a ciencia cierta cuál será la impresión que pretende causar en el lector.

El hecho de que las dos necesidades que Poe dicta para la composición de una obra literaria sean dos de las características más propias de la neurosis constituye una pista en todas las investigaciones. La primera, la necesidad de conocer el desenlace antes de comenzar a hablar, ha sido hace tiempo definida como la tendencia razonante del neurótico. El neurótico conoce el problema y, tanto es así, que lo que le obsesiona se deja ver siempre en sus primeras palabras. Ernst Jünger lo explica de esta manera:

Lo extraordinario en este espíritu [Poe] está en su economía y parquedad. Oímos el tema principal ya antes de que se levante el telón, y desde los primeros compases percibimos con certeza el tono amenazador que dominará la odisea.


La segunda regla establece la anulación del otro, es decir, del tú. De ese tú que es, como ya hemos dicho siguiendo a Cortázar, la primera puerta a los otros. ¿O acaso cree alguien que la impresión que causaron los textos de Poe en Baudelaire y en los componentes de Iron Maiden fue la misma? Es más, ¿puede alguien creerse que el Poe de Bob Dylan y el de Dostoievski son el mismo Poe?

Como si todas estas pruebas no fueran suficientes, en ese mismo ensayo E. A. Poe sostiene que las dos reglas principales por él expuestas para la composición de una obra literaria encuentran en el cuento el arte que mejor se adapta a sus necesidades.

Si una obra literaria es demasiado larga para ser leída de una sola vez, es preciso resignarse a perder el importantísimo efecto que se deriva de la unidad de impresión, ya que si la lectura se hace en dos veces, las actividades mundanas interfieren, destruyendo toda totalidad.

Una de las características principales de la neurosis vuelve a aparecer en esta breve exposición en la que se reivindica un arte que no puede ser interrumpido por las actividades mundanas, en la que, una vez más, el mundo queda fuera del discurso. O dicho de otro modo, ¿conoce alguien la manera de interrumpir el discurso razonante de un neurótico?

Mallarmé, que gustaba de aplicar su receptividad y su vagancia al estudio grafológico, no tardó mucho en darse cuenta de que la obsesión de Poe por establecer un sistema irreductible de creación poética podía verse en su firma. En la firma de Edgar Allan Poe, la primera vocal arrastra su trazo hasta llegar a la última consonante, sin levantar en ningún momento la pluma, de manera que, una vez más, el sistema establecido por Poe encuentra en su obra –en este caso en su firma– un reflejo de sus propias reglas y, como si de un cuento suyo se tratara, no escribe su nombre completo hasta que no ha puesto la última consonante.

Que era un hombre agradecido, diga lo que diga la leyenda, lo demuestra el hecho de que entre su nombre y su apellido incluyó el nombre de su adoptante. Mallarmé lo cuenta así:

Estas dos palabras célebres, unidas por un significativo trazo hecho por la mano del poeta, conservan la inicial parásita de la otra palabra, Allan, como se llamaba, no lo ignoremos, el caballero que adoptó al retoño de una pareja novelesca y famélica de actores de teatro…

De la misma manera que no podemos negar que las leyes de composición dictadas por Poe comparten las cualidades principales de la neurosis, tampoco se nos puede negar que estas mismas reglas establecen un sistema matemático de composición. De lo que se deduce que la neurosis y las ciencias comparten algunas reglas. Mientras la neurosis necesita de la ausencia del otro para desarrollarse, la ciencia propone la anulación del contexto en la búsqueda determinante de realidades reduccionistas, y ambas establecen un sistema de formulación lejos de toda heurística y de todo contexto, tal y como proponía Edgar Allan Poe en La filosofía de la composición.

En 1847, a menos de dos años de su muerte, Poe fue a visitar al editor Mr. Putnam. Sentándose en su escritorio y después de mirarle en silencio durante un minuto, se presentó: «Soy Mr. Poe y no sé realmente cómo empezar». Temblando de excitación, le contó que lo que venía a proponerle era de un interés fundamental. El descubrimiento de la gravitación universal sería una bagatela en comparación con los descubrimientos revelados en su libro. Suscitaría inmediatamente una atención tan universal e intensa, que el editor haría bien en abandonar todos sus restantes intereses y hacer de la obra el negocio de su vida. Bastaría, para empezar, una edición de cincuenta mil ejemplares, aunque apenas sería suficiente. Ningún acontecimiento científico de la historia mundial se acercaba en importancia a las consecuencias que tendría la obra.

Mr. Putnam editó quinientos ejemplares de Eureka. Ni el libro ni las conferencias que basándose en él pronunció Poe resultaron inteligibles para la mentalidad de su tiempo.

Hoy podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que las cifras de ventas de Eureka desde que fuera publicado superan por mucho los millones de ejemplares, aunque hallar una cifra aproximada de la cantidad de ejemplares totales de las obras de Poe que hasta hoy están siendo reeditadas resulte tan difícil como contar las estrellas del cielo.

Por mucho que la ciencia, la neurosis y la filosofía de la creación sean los tres pilares que sostienen cualquier discurso sobre Edgar Allan Poe, el estudio de manera independiente de estos tres soportes no nos desvelará el misterio de la enorme influencia que el poeta de Boston ha ejercido sobre la mayoría de sus lectores, ni el enigma de su ascendiente sobre los artistas más significativos del último siglo y medio. Por eso, sólo si participamos de la única ley que comparten la neurosis, la ciencia y la filosofía de la creación, podremos establecer una nueva sospecha.

Si la neurosis anula al otro, si la ciencia se desprende del contexto y si La filosofía de la composición nos invita a no interferir en las actividades mundanas, tal vez no nos quede otra que aceptar que las altas e intensas horas de felicidad que se desprenden de las obras de E. A. Poe se deben a que, cuando el mundo desaparece, el mundo es igual para todos.


© Eduardo Vilas, 2008. Fuente: Revista Minerva ( www.circulobellasartes.com ). Texto publicado bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento – No comercial – Sin obra derivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando autoría y fuente y sin fines comerciales.



EDGAR ALLAN POE

Poesía completa, Madrid, Hiperión, 2007
Escritos sobre poesía y poética, Madrid, Hiperión, 2007
Cuentos, Madrid, Alianza, 2007
Narración de Arthur Gordon Pym, Madrid, Alianza, 2007
La trilogía Dupin, Barcelona, Seix Barral, 2006
Eureka: un ensayo sobre el universo material y espiritual, Madrid, Valdemar, 2002
Método poético y narrativo, Castellón, Ellago, 2001
La filosofía de la composición, El Escorial, Cuadernos de Lange, 2001
Cartas de un poeta (1826-1849), Barcelona, Grijalbo, 1995
Ensayos y críticas, Madrid, Alianza, 1987

 

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